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J A I M E F R A N C O |
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| NUESTRA
TEMPORADA EN EL INFIERNO |
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| PLANETARIO DISTRITAL Galeria Santa Fe JORGE PEÑUELA |
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El jurado de selección de la cuarta versión del premio Luis Caballero otorgó dos menciones de honor. El reconocimiento hecho al pensamiento artístico de Jaime Franco lo podemos apreciar en la Galería Santa Fe durante el mes de julio; su propuesta nos permite ampliar la compresión del contexto de este premio, la cual se hubiera visto favorecida por la presentación simplificada de las propuestas no consideradas por el jurado; los rechazados también reivindican verdades que deberíamos oír; presentar a la comunidad tan sólo los artistas destacados despoja de su contexto al estímulo más importante que reciben las artes plásticas y visuales en Colombia. Al igual que la Universidad de los Andes puso oportunamente a disposición de la ciudadanía la totalidad de los documentos que generó el premio de Crítica de Arte, la Secretaria de Cultura, Recreación y Deporte sabrá poner en la red todos los documentos de este evento financiado con los recursos que aportamos de una u otra manera quienes habitamos Bogotá. No tenemos necesidad de formalizar un derecho de petición. Los signos y símbolos mediante los cuales el artista piensa sus construcciones, distan mucho de prestarse o adecuarse a la ligereza de los indicadores formalistas que han elaborado los programas de estímulos institucionales. El jurado de selección de esta versión del Luis Caballero, mostró perspicacia al otorgar una mención a la propuesta de Jaime Franco; por fuera del protocolo del concurso, como aconteció con otras propuestas, comprendió que la falta de rigor en los procesos creativos es el rigor del trabajo artístico; en este caso, el jurado se apartó de los criterios de una vanguardia institucionalizada diversamente. Es una trivialidad insistir en que la solidez formal y conceptual es un criterio para juzgar las prácticas artísticas contemporáneas. Los signos y los símbolos sacados a la luz en toda construcción artística son contradictorios; colocados unos al lado de otros, no pueden domesticarse ni formal ni conceptualmente; en el pensamiento poético no es perceptible solidez alguna, su virtud consiste en todo lo contrario a El Concepto regulador; es su fluidez, su vocación de hábitat, su voluntad de contradicción permanente, aquello que lo caracteriza, consiste en no pretender resolver sus contradicciones internas, nada más simple que optar por esta neurosis hegeliana, antes bien, el artista potencia las contradicciones inherentes a nuestro ser en el mundo. Un volcán de lodo en una zona azotada con inclemencia por violencias diversas; el rio Bogotá arrastrando con pena sus desechos entre despojos humanos; Dante y Virgilio, testimonios poéticos de mundos similares y diferentes, deambulando horrorizados por el Aquerón colombiano; Contemporaneidad y Edad Media enrostrándose mutuamente sus debilidades, sus traumas y las obsesiones que aquéllos generan, –ahogándose en sus pasiones sanguinolentas y en las perversiones que alimentan sus búsquedas de absolutos; ejércitos mercenarios al servicio de la crueldad, o como los llaman hoy en el único mundo, contratistas. Todos estos símbolos le permiten a Franco asomarse con timidez a las puertas de nuestro infierno, allí piensa simultáneamente pasado y presente. Franco llama al orden a dos colosos temporales y los pone frente a frente. Aunque los movimientos en lodo que trazan el curso del Aqueronte colombiano a lo largo de la Galería son audaces, fruto de una preparación previa, la voz en el gesto suena tímida, es ahogada por unas lápidas que imponen su pesadez en el ambiente; el montaje no logra crear las condiciones necesarias para dar inicio al rito que Franco quiere escenificar: suplicar el perdón por todo lo que hemos dejado de hacer: el infierno es la renuncia inducida a la acción. En acción de duelo, Franco ha cubierto la Galería Santa Fe con el barro que han generado las cenizas de nuestros muertos insepultos, aquellos que han arrastrado flotando algunos ríos de Colombia, aquellos que no fueron provistos con los signos necesarios para cumplir los requerimientos de Caronte. El barro fue tomado de zonas paradigmáticamente violentas, Bogotá y la Costa Altlántica colombiana. Treinta y cuatro lajas cuadradas de piedra dispuestas frente a los sedimentos de ceniza, barro y vapores de sulfuro, que han quedado adheridos a los bordes de lodo en la parte alta de la Galería, no propician la cercanía-lejaní a necesaria para que este encuentro ilumine los dos mundos. Frente a frente, los colosos se miran con desconfianza, no se reconocen uno en el otro; ante la presencia amenazante de Caronte, Franco también luce temeroso y no hace mucho por acercarlos; todo esto genera un ambiente de incertidumbre emocional y semántica en el espectador que no previó hacerse acompañar de un poeta para su visita al infierno. Las lajas nos recuerdan las lápidas que sellan las bóvedas sepulcrales en el Cementerio Central de Bogotá; momentáneamente, experienciamos el recogimiento que suscitan aquéllos lugares, no obstante, esta atmosfera se disuelve por el protagonismo que reclaman los epígrafes arrancados al pensamiento de Dante, inscritos en cada una de ellas. EL gesto, las texturas y el color de las lápidas nos develan que Franco se ha hecho acompañar de otro poeta, sacan a la luz las pinturas negras de Rothko; no obstante, la humildad del formato empleado no alcanza a detonar los sentimientos que logran suscitar éstas últimas. Las lápidas fungen como teselas sueltas para la construcción de un mosaico que no alcanzó a ser construido, quizá concebido de manera inconsciente para una capilla. Franco conoce bien a los expresionistas estadounidenses y con angustia evita esta asociación, al menos no la hace evidente, no la resalta, o le saca partido. ¿Por qué ha obligado a Dante salir de su olvido y evita confrontarse con Rothko a quien parece deberle tanto? Ya que en ninguna época las obras han podido hablar por sí mismas, ¿por qué no le presta su voz a Rothko en lugar de silenciarlo con el pensamiento de Dante. (Solemos creer que las obras hablan por sí mismas cuando nos muestran lo que nosotros queremos ver). |
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Aunque previamente Franco ha experienciado
su gestualidad en formatos amplios, el tallado en piedra es un lenguaje
que no consiente las libertades de la pintura o el dibujo; por cierto
pudor que ha generado en los artistas algunas teorías de arte
contemporáneo, presumo, Franco no se apoyó más en la pintura, técnica
que ha explorado con insistencia y con resultados positivos. Tampoco
logró poner de su lado a sus lápidas. En el montaje, nos agobia de
manera permanente la idea de las lajas decorativas para pisos que
exhiben los hipermercados, no desprovistas de belleza formal; nos
angustia el vacío estético dispuesto entre las lápidas y no saber
responder satisfactoriamente a sus demandas, si estéticamente o
religiosamente, en el mejo de los sentidos, tanto en uno como en el otro
caso. Las ideas de Franco son sugestivas, pero los medios que explora y
el montaje que realiza no logran activar la riqueza emotiva y semántica
comprimida en cada uno de los símbolos que ha seleccionado
cuidadosamente. Por supuesto, no olvidamos que no contó con el apoyo
económico que tuvieron los artistas nominados al premio. Quizá esto
sentó diferencia. |
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