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¨No
existe aquella línea que trató de diferenciar el arte abstracto del arte
figurativo como tampoco se pueden trazar líneas que dividan el reino
animal del vegetal¨
(Franco)
Alguna vez
Jaime Franco (Cali, 1963), dijo que el color es un potro. Y se dedicó a
domarlo. Por eso, a finales de los años 80 y comienzos de los 90, cuando
expuso en Bogotá en la Galería Casa Negret, y en Nueva York, Tokio y París
por cuenta de la Galería Yoshii, los únicos colores de sus lienzos eran el
blanco, el negro, los grises, a veces los ocres que tienden al rojo, o los
ocres que tienden al amarillo. Recuerda que en esa época nunca hubiera
optado por los colores que priman en su muestra en la Galería El Museo
(que termina el 22 de Marzo): naranja encendido, blancos desleídos en
azul, aguamarina, verdes pálidos, rosados al borde de la incandescencia…
¨colores estridentes que guardan relaciones aparentemente imposibles, no
armónicas¨, dice.
Ese deseo
de ¨liberar el color de cualquier prejuicio¨ lo viene rondando desde hace
unos cinco años y afloró en las obras de sus anteriores exposiciones, en
1999 y 2001. Franco retoma la metáfora para explicar que gracias a su
riguroso trabajo con aquella primera paleta que limitó al negro, al
blanco, a los grises y a los ocres, el potro cumplió su aprendizaje, ¨para
que no se desboque" ahora que le soltó la rienda.
¨El gesto
también es nuevo". Se refiere a las formas, a los trazos en los lienzos,
que desde mediados de los años 90 igualmente han ganado espontaneidad. La
muestra de El Museo es el resultado de ¨enfrentar la pintura… es como
dejar que ese panorama que estaba contemplando desde un punto de vista
mucho más racional y mental comience a ser visto bajo una óptica más
intuitiva¨.
No en vano,
en 1997 el curador y crítico José Ignacio Roca le preguntó: ¨¿existe una
estructura matemática que subyace a sus pinturas, o su construcción se
realiza siguiendo un proceso sensible?¨ Y Franco respondió: ¨tengo una
aproximación intuitiva al problema de la geometría¨.
Quemé los libros… y las naves
Las
matemáticas, la física y la química eran sus pasiones en el colegio.
Detestaba las humanidades, excepto los filósofos presocráticos: ¨ellos,
al igual que yo, se preguntaban por el origen de lo existente¨. Con todo y
los presocráticos, Cali no le ofrecía mayor cosa, y trae a cuento una
sentencia de Andrés Caicedo: ¨Cali es una ciudad que espera pero que no
acoge a los desesperados¨. Subraya que a pesar del amor por su ciudad, el
escritor terminó suicidándose allí, antes de cumplir los 30 años. Así que
¨a los 18 tuve la oportunidad de huir¨. Llegó a Bogotá, el destino más
lejano dentro de sus intereses y posibilidades económicas.
Se
matriculo en la Facultad de Ingeniería de Sistemas de la Universidad de
los Andes. De la mano de un amigo pintor que ahora vive en Italia, empezó
a frecuentar museos, exposiciones, personas que viajaban… hasta que Bogotá
también se hizo un lugar estrecho. Al cabo de dos años se marchó a París
a estudiar Ciencias: ¨la ingeniería me parecía muy poca cosa; no me
interesaba la aplicación de unos los conceptos abstractos; me interesaban
los conceptos abstractos¨.
Otra vez
las matemáticas, la física y la química, a diario. Y el contacto con el
arte, pues ¨París es todo un museo¨. Visitaba colecciones, descubría los
placeres de la lectura, tomaba un curso de modelado en arcilla, veía cine…
Era una rutina intensa, feliz y solitaria.
Pero al
tiempo que fue descubriendo París, vino el desencanto de la enseñanza
deshumanizada por parte de la Sorbona, donde no tuvo amigos, ni una
relación cercana con algún profesor: ¨todo se redujo a ir y venir de
clase¨. Además, surgió una pregunta: ¨¿ Para que estamos los
científicos?¨ Los científicos están a la sombra de ciertos intereses
políticos…
Así que un
día, ¨de un tajo, quemé los libros y no volví a clase¨. Un salto al
vacío, pues no tenía claro por donde seguir. ¨Eso no fue fácil¨, dice con
asomo de risa, recordando que su familia estaba esperando el regreso del
científico. Lo único claro era seguir viviendo en París. Por entonces
habitaba un pequeño espacio en la Place du Pantheon, al pie del Jardín de
Luxemburgo.
Por el camino del dibujo
Primero
buscó refugio en la oscuridad, matando el tiempo frente a las pantallas de
cine, ¨como una especie de adicción¨. Después buscó refugio en el dibujo,
cuyos rudimentos los había adquirido en el curso de modelado en arcilla.
Entonces se presentó a la Ecole Superior des Beux Arts, donde fue admitido
en contra de todos sus pronósticos, pues el examen era exigente. Cuatro
años al cabo de los cuales obtendría un título de artista. ¨Pero a los
seis meses me di cuenta que no me iban a enseñar nada. La escuela me
pareció francamente mediocre¨.
Volvió a
las salas de cine, a los museos, a los teatros, a viajar de vez en cuando
a este o aquel rincón de Europa. Volvió a esa rutina intensa, feliz y
solitaria, ¨más bien de índole contemplativa¨, gracias a la cual hizo de
París una escuela, donde además tomó cursos de fotografía, video e
historia del arte, quemó películas y películas que todavía no acaba de
revelar y llenó cuadernos enteros con dibujos de botellas y floreros que
lo esperaban en los cafés, de sus manos, de su cara reflejada en el
espejo, de escenas que ofrecían las orillas del Sena, o la Place du
Pantheon, o la callecita que pasaba bajo su cuarto. ¨El dibujo fue un
mecanismo de aprendizaje y conocimiento¨.
Por el
camino del dibujo llegó a la abstracción. Fue en Ladrilleros, en el Valle
del Cauca, cuando vino de vacaciones con su cuaderno bajo el brazo. ¨Una
línea del horizonte, una línea de la playa, y unos puntos para representar
los pájaros. Con tres o cuatro gestos mínimos y contundentes capté la
esencia de algo tan vasto como el Pacífico¨. La experiencia lo llevó a
revisar ejercicios anteriores, de tal suerte que a su regreso a París ya
no dibujaba tomando el entorno como referente, sino ¨mirando lo que pasaba
en el papel¨.
Albañil y músico
Los dibujos
que hizo en Europa fueron el punto de arranque de sus primeros lienzos en
Colombia, cuyo formato empezó a aumentar. ¨El nivel de abstracción de
algunas de mis obras permitía entrever el mismo deseo de abarcarlo
todo…¿Qué sentido tenía representar algo?¨. Al cabo de trece
exposiciones individuales, Franco dice: ¨siento que la relación que existe
entre mi interés por las ciencias y las matemáticas sigue vinculado a un
aspecto de mi trabajo que consiste en la abstracción¨, certeza clave a la
hora de acercarse a su obra, en la cual el tratamiento de las texturas ha
sido una constante y que ha recibido las influencias de Mark Rothko,
Barnett Newman, Franz Kline, Cliff Still…
Franco
también menciona a Francisco de Goya y a Claude Monet, que siempre le han
llamado la atención, cosa que espera que los visitantes de su muestra
adviertan, porque ambos, como Willem de Kooning, eran decididamente
pintores. Al fin y al cabo las obras que expuso en la Yoshii eran
¨construcciones mentales alejadas de lo pictórico de la pintura¨. En los
más de diez lienzos y en las composiciones en técnica mixta sobre papel de
El Museo, la liberación del color y la espontaneidad del gesto en cada
obra, quieren atestiguar la tarea de un Pintor, con mayúscula.
Para esa
tarea, que se fundamenta ¨en el rigor de la disciplina, no en el impulso
de la inspiración¨, Franco se nutre de imágenes, diálogos, lecturas,
vivencias… y hace muchos dibujos, como una suerte de calentamiento antes
de encarar el lienzo. No tiene idea alguna de cuál será el color de
la primera mancha, o donde caerá. ¨A través de cada capa –escribió Ana
Sokoloff, representante de Christie´s para América Latina– Franco logra
estudiar y criticar lo ya creado para llegar a un lenguaje propio¨. Así,
a medida que se acerca a lo que quiere decir, la intuición le dicta cuales
herramientas debe ir utilizando: la brocha, el trapero, la espátula, el
rodillo… que ha ido adquiriendo en las ferreterías, pues aclara que su
arte tiene mucho del oficio de albañil.
O del
oficio de músico. ¨Pero el músico, cuando se presenta en un escenario,
tiene un público que lo ve y lo escucha, y aún cuando toca una
improvisación ha practicado durante mucho tiempo. La mía transcurre en un
lapso muchísimo más largo…meses, eso demoro en hacer un cuadro, y mientras
tanto nadie lo está viendo¨.
Busca
entonces que lo sorprendan los colores y las formas que va plasmando.
¨Eso es un buen indicio: si me sorprenden, aspiro a que sorprendan a otra
gente¨. Otro indicio para dar por terminada la ejecución de una obra:
¨cuando siento que añadir cualquier cosa es redundar¨.
A
diferencia del músico, ¨no sería capaz de trabajar en presencia de
alguien¨. Cuando cruza el umbral de su estudio, al Occidente de Bogotá,
el mundo queda afuera con sus pequeñas trivialidades de todos los días.
La luz llena el recinto por un largo ventanal; los overalls con
rastros de naranja y blanco y azul, aguardan su hora colgados de una
puntilla tras la puerta; grandes lienzos sin terminar, uno junto a otro,
en las paredes blancas salpicadas de aguamarina y verde y rosado; las
notas de una pieza de piano que suena en la radio. Por estos días Franco
está a punto de iniciar un curso teórico para aproximarse a una obra
pictórica en términos musicales, y viceversa. En otra ocasión ha dicho:
¨el arte es un intento por elaborar un sistema¨. Entonces explica: ¨en
toda obra de arte consolidada uno puede entender unos mecanismos que la
rigen, y eso es un sistema. Dilucidar que aquello que aparentemente no
tiene orden, lo tiene. Es un poco lo que pasa con la naturaleza¨. |